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La televisión fue fuerte en Japón porque comenzó emisiones regulares en 1953 y fue ganando presencia en la vida postguerra.[4][5][9] Decir simplemente que 'todos la veían' no basta. Durante el periodo de alto crecimiento, la televisión en blanco y negro se convirtió en un bien de consumo representativo como el refrigerador o la lavadora y se estableció como dispositivo para compartir grandes acontecimientos en el hogar.[5][9] Esa acumulación es lo más significativo cuando se mira retrospectivamente.

Eventos nacionales como la transmisión del matrimonio del príncipe heredero y los Juegos Olímpicos de Tokio fortalecieron las razones para ver televisión.[5][9] Una vez que se considera ‘necesaria en casa’, el hábito dura mucho. Según la historia de NHK, la televisión digital terrestre comenzó en 2003, NHK On Demand en 2008 y NHK Plus en 2020.[1] Las emisoras han ampliado poco a poco las vías de acceso para sobrevivir.

La televisión terrestre japonesa se licenció principalmente por prefectura, y las estaciones afiliadas establecieron redes para noticias, programación y ventas que han persistido mucho tiempo.[8] Este sistema mantiene un fuerte poder local tras las pantallas. Para los espectadores, esto proporciona seguridad de tener ‘su canal habitual’, y para las estaciones, es una fortaleza mantener contacto continuo con la audiencia.[8] Esta estructura discreta pero sólida es una razón de la fortaleza televisiva en Japón.

En desastres y emergencias, la televisión ha sido clave en la emisión inmediata de información como las alertas sísmicas.[1][9] Al encender la pantalla, se puede verificar rápidamente qué pasa. Esto tiene un peso distinto al flujo fragmentado de las redes sociales. La televisión ha sido vista como infraestructura vital de la vida, no solo como entretenimiento.[9] En un país con muchos desastres, este valor es especialmente relevante.

Según un estudio de Reuters Institute para 2025, la confianza en las noticias en Japón cayó al nivel de 2021, con mayor caída en jóvenes y adultos de mediana edad.[2] Los que usan televisión y prensa como fuente principal mantienen confianza relativamente estable, mientras que quienes usan redes sociales tienen mayor desconfianza que confianza.[2] No se trata de la desaparición repentina de los medios. Más bien, la confianza se desplaza generacionalmente.

Estudios muestran que en Japón aún cerca de la mitad usa la televisión como fuente de noticias y que en Europa y Japón el impacto de redes sociales no es tan fuerte como en Estados Unidos.[6][10] No es correcto decir que Japón simplemente amaba la televisión más que otros países. Más bien, es un país donde los medios tradicionales resistieron más tiempo. Esta perspectiva conecta el ejemplo japonés con una visión global más general.

Datos de la OCDE muestran que niños y jóvenes japoneses pasan menos tiempo con tecnologías digitales en y fuera de la escuela comparados con el promedio OCDE.[3] Esto indica diferencias en la penetración digital, no solo una victoria de la televisión. La hegemonía mediática no depende solo de la calidad del contenido. Incluye el diseño de la vida cotidiana: hogar, escuela, infraestructura, tarifas y uso de dispositivos.

Se ha extendido la visualización bajo demanda como NHK Plus y las emisoras han aumentado accesos digitales tras la transición a la televisión digital terrestre.[1][7] Pero aún no es definitivo si la televisión mantendrá su fortaleza. La recepción de noticias varía según edad, pantalla, flujo publicitario, ingresos por producción y la penetración del smartphone. Si pierde fuerza será porque disminuye la ‘razón diaria para encenderla’, no porque desaparezca la señal.

Mirar el pasado del reino televisivo japonés no es por nostalgia. Los grandes medios construyen confianza protegidos por políticas y al integrarse en la vida cotidiana, creando fortaleza; pero cuando esa confianza se tambalea, la caída es rápida.[2][8][9] Lo importante hoy no es si la televisión terminará, sino qué fuentes serán confiables en emergencias y qué pantallas permanecerán en la rutina diaria.[1][2][10] En ello se dibujan las formas del nuevo orden mediático.